EL CAMINO DEL CACAHUATE
Katrin Schikora
Cuando apareció el cacahuate
Seguir al cacahuate ha sido mi propio camino de despertar a mi propósito de vida y a mi lugar en el tejido de la humanidad.
Todo comenzó el 18 de marzo de 2005, durante mi exposición de cerámica SKIN: NAKED CLAY en Mérida, Yucatán, México. En ese momento, el cacahuate no era todavía un manifiesto ni una idea definida. Era una forma surgida dentro de una exploración artística abierta. En esa exposición, las piezas podían tocarse, y ese contacto humano parecía activarlas de una manera difícil de explicar.
Poco después recibí una instrucción interior muy clara: tomar un objeto de la exposición, llevarlo a Europa y ver qué pasaba. No venía acompañada de ninguna explicación, pero tenía una cualidad de certeza tan precisa que la seguí.
Elegí el cacahuate.
Al inicio, todo fue profundamente lúdico. No había una misión formulada ni una narrativa cerrada. Solo había curiosidad. Quería observar qué ocurría cuando ese objeto salía del contexto del arte y entraba en la vida. Y lo que empezó a suceder me sorprendió: las personas reaccionaban espontáneamente a él. Había una resonancia inmediata, aunque casi nadie podía explicar en qué consistía. En Francia, amigos empezaron a llamarlo la cacahuète. Más tarde se volvió Peanut. El nombre no surgió de una teoría, sino de una reacción viva.
Yo misma sentía esa misma resonancia. Y eso despertó en mí una curiosidad cada vez mayor por descubrir qué tenía ese objeto, qué activaba en las personas y por qué parecía tocar algo real más allá de una explicación racional.
Una pregunta viva
Con el tiempo fui comprendiendo que el cacahuate no había llegado para ofrecer una verdad cerrada. Su naturaleza parecía ser otra: abrir un espacio. Un campo donde algo puede revelarse, recordarse o tomar forma a través del encuentro. Cada interacción aportaba una nueva perspectiva. Y cada vez que parecía que habíamos comprendido algo, el cacahuate volvía a abrir la pregunta y nos invitaba a ir más allá.
Esa ha sido una de sus enseñanzas centrales durante estos 21 años: una y otra vez, cuando algo se revela, aparece la siguiente pregunta: ¿y ahora cómo se trasciende esto? Por eso, para mí, la frase “el cacahuate puede salvar el mundo” nunca ha sido un eslogan cerrado. Ha sido una provocación, una meta y un juego. No nos dice cómo hacerlo. Nos invita a entrar en el proceso de descubrirlo juntos.
Mi propio proceso
Paralelamente, este también fue mi propio camino.
Seguir al cacahuate significó abrir mi percepción, cuestionar mis ideas de realidad y descubrir quién era yo más allá del condicionamiento, el trauma y las identidades reducidas con las que había vivido durante mucho tiempo. Desde niña me acompañaban preguntas profundas sobre la distancia entre la vida tal como la vivíamos en la Alemania en la que crecí y la posibilidad mucho mayor que yo intuía para el ser humano y para la Tierra. El cacahuate me obligó a entrar en esa búsqueda de una manera concreta.
Al principio yo podía percibir muchas cosas, pero no necesariamente traducirlas. Por eso, estos 21 años no han sido solo la incubación del cacahuate, sino también la incubación de mi propia capacidad de traducir lo recibido en palabras, imágenes, estructuras, relaciones y práctica vivida.
En ese recorrido encontré herramientas que me ayudaron a comprender con más claridad mi arquitectura interior, mis dones, mis heridas y mi propósito. Gene Keys, Human Design, Compassion Key y otros caminos de exploración y sanación me ayudaron a poner lenguaje a procesos que yo estaba viviendo de forma real. No llegaron como sistemas abstractos, sino como apoyos concretos para sanar traumas, reconocer patrones, ampliar mi percepción y encarnar con más conciencia aquello que venía latente en mí.
De esa manera, el cacahuate primero me invitó a descubrirme a mí misma. Y solo después pude ver que algo parecido empezaba a ocurrir en otros.
El despertar de la co-creación
Lo que más me sorprendía era observar cómo las personas interactuaban espontáneamente con la pieza. Al inicio, esa relación era sobre todo física, casi intuitiva. Pero más adelante, cuando yo decía, a veces de manera provocadora, que estaba trabajando con un cacahuate que puede salvar el mundo, algo cambiaba. Las personas se detenían, preguntaban, se intrigaban. Y cuando yo respondía simplemente que tenía que ver con nuestro potencial y con todo aquello que aún no estamos viviendo, muchas empezaban a hablar desde un lugar muy propio, como si el cacahuate les permitiera acceder a una verdad que ya estaba en ellas.
Ahí comprendí que el cacahuate no viene a imponer una visión única, sino a abrir un espacio de co-creación. Si queremos co-crear un nuevo futuro, necesitamos que muchas personas aporten su verdad, su mirada, su experiencia y su potencial único. La dirección puede sentirse, pero el camino aparece a través de la participación, la resonancia y la co-creación.
El dolor de perder a mi primera pareja de vida me llevó a un proceso de duelo profundo del que nació la exposición PIEL: Barro desnudo. Años más tarde, la pérdida de mi segunda pareja de vida, George, con quien había descubierto el poder y el gozo de la co-creación como forma de vida, me obligó a reinventarme una vez más. Su ausencia me permitió reconocer que, como seres humanos, estamos diseñados para co-crear, no solo con nuestras parejas, sino también con otros seres. Muchas de las posibilidades que buscamos no aparecen desde el aislamiento, sino cuando los potenciales únicos de distintas personas se encuentran, se espejan y se ponen al servicio de algo mayor.
Empezar aquí, con lo que hay
Con el tiempo, todo lo que iba comprendiendo sobre la co-creación dejó de ser solo una reflexión interior y empezó a convertirse en una práctica concreta. Mi situación de vida, y la presencia de una nueva pareja con la que compartía raíces, territorio y la visión de crear desde nuestro propio lugar aquello que queríamos ver nacer en el mundo, me ancló todavía más en la realidad específica de la península de Yucatán, con sus retos, relaciones, recursos y posibilidades reales. En lugar de seguir buscando una visión ideal en abstracto, decidí usar esa realidad como laboratorio y campo de experimentación para todo lo que el cacahuate me estaba mostrando.
Eso significó empezar aquí, con lo que había. Con Bacalar. Con Cholul. Con la comunidad en la que vivo, donde hace más de veinte años cofundé la asociación civil Educate Yucatán A.C. Con mis preguntas, mis límites, mis vínculos, mis desafíos y las condiciones concretas de la vida cotidiana. Quería ver qué ocurría si los principios del cacahuate y de la co-creación no se quedaban en una idea inspiradora, sino que se aplicaban de verdad en la vida real.
Y fue justamente cuando tomé esa decisión de alinear mi vida con esos principios que comenzaron a aparecer las personas, las colaboraciones y las iniciativas. Así, poco a poco, el proyecto fue tomando forma en la península de Yucatán a través de personas que se fueron uniendo desde su propia experiencia, conocimiento, historia, relaciones y forma única de contribuir.
Lo que el cacahuate invita hoy
Por eso hoy entiendo al cacahuate no solo como objeto, sino también como concepto y frecuencia. Algo que no funciona principalmente a través del entendimiento intelectual, sino a través de la resonancia. Algo que recuerda a las personas una parte de sí mismas que ya existe, pero que muchas veces ha quedado cubierta por el miedo, el condicionamiento o la adaptación a una realidad demasiado estrecha.
Lo que comparto hoy no nace de una teoría. Nace de una experiencia vivida.
Y por eso el Peanut Project no busca ofrecer respuestas cerradas, sino abrir espacios donde las personas puedan descubrir su verdad, recordar su potencial, sanar aquello que las separa de sí mismas, reconocer su forma única de contribuir y participar en la construcción de un futuro colectivo basado en valores más verdaderos, humanos y vivos.
El cacahuate no quiere convertirse en una definición fija. Quiere seguir siendo una pregunta viva.
Una pregunta que revela algo y luego nos pide trascenderlo.
Una pregunta que juega con nosotros y al mismo tiempo nos llama.
Una pregunta que, desde hace 21 años, me sigue diciendo:
sí, esto ya lo viste... ¿y ahora qué sigue?
